Me levanté temprano, él ya estaba en cocina preparado el desayuno, nos sentamos juntos con mucho apetito, conversábamos de mis cosas, me escuchaba y observaba con cariño. Yo con mi alergia de las mañanas no dejaba de estornudar, y él, con mucha ternura me decía “salud”, con su linda sonrisa, sacó su pañuelo y me lo entregó, dispuesto y desprendido, por mí. Me recosté en sus brazos y entre susurros le dije: “Te adoro”…
… ese amanecer su cuerpo trémulo estaba tendido en mis brazos, yo lo acariciaba, porque mi corazón sólo le pertenecía a él en ese momento.
Jamás podré explicar ese
instante, una suerte de sentimientos invadía todo mi ser, destruida, confusa, con rabia y mucho dolor, con ganas de gritarle ¡No te vayas! ¡No me dejes! Pero ese momento hablaba por sí solo.
Mis ojos no dejaban de buscar su mirada, pero estaba perdida, anunciaba un adiós y eso me iba destrozando cada segundo, más y más, no podía contener más las ganas de gritar: ¡No me dejes!, pero
sólo las lágrimas humedecían mi profunda tristeza.
Yo sabía que él debía partir, también sabía que no quería dejarme, no debía alejarme de la razón, sabía que donde esté me seguiría adorando y eso me llenaba de emoción.
El me amó, como solo un padre
ama a su hijo. No! no es cierto, me amó más, el doble, porque era mi abuelo y mi padre.
Mágico instante, no podía ser tan egoísta con quién me lo dio todo, debía dejarlo ir aquella madrugada, su respiración cada vez era más lenta y pausada, pero sabía que mis brazos serían su última
morada y también la puerta hacía el paraíso… Hasta que llegó la hora que descanse su alma y lo fue en mis brazos, sentí calma y sellé en su frente mis labios para que lo acompañen siempre…
¡Ay cómo te quiero! ¡Cómo te necesito!
Me haces falta, yo aún te busco, te recuerdo hasta en mis sueños.
Hoy te iré a visitar!!! Llenaré tu espacio de bellas flores y compartiré ahí, tu cumpleaños, como lo hiciste conmigo todos los años de mi vida.
Yo te debo todo, me enseñaste tanto y todo, que soy lo que soy por ti…
Feliz Cumpleaños Papilla!!!